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Japón, los colores del otoño

El otoño en Japón por Susana Ávila

Tenemos la costumbre para referirnos a algo de relumbrón decir aquello de “tres jueves hay en el año…”, pues bien parafraseando aquel dicho, en Japón dos estaciones tiene el año: la primavera y el otoño. La primera tiene su justa alabanza por la floración de los cerezos, pero el otoño es más sutil, menos rotundo, pero no menos impresionante, conforme se van produciendo diferentes tonalidades en las hojas de los árboles caducos, especialmente de los arces. Desde el verde al rojo intenso, sin dejar a un lado los amarillos, naranjas y ocres que preceden a su caída.

Este espectáculo es un pasatiempo popular para los habitantes de Japón que lo denominan toyo o momojigari.

El paisaje típico de la primavera en la que dominan los tonos blancos, rosados de los ciruelos y los cerezos deja paso tras el verano a una gama de ocres que inunda el espacio.

Programar un viaje eligiendo la fecha exacta de la floración o, por el contrario del momojigari no siempre es fácil, como todo lo que tiene que ver con la climatología, como todo en la vida hay que estar en el momento oportuno en el lugar justo.

Las regiones más montañosas como Nikko, Kanazawa o Takayama, en los llamados Alpes japoneses experimentan el cambio de follaje más temprano y a medida que avanza la temporada lo empiezan a sentir en zonas más bajas. Otra inclemencia meteorológica que también puede modificar este cambio de coloración son los tifones, tan habituales en el Pacifico, puesto que los vientos huracanadas van cargados de salinidad y ello modifica la evolución natural de la flora.

Con la llegada de septiembre y la festividad de Tsukimi, literalmente “mirar la luna llena”, el pueblo japonés se prepara para la estación otoñal. La imaginación popular dice que en tal festividad se ven conejos corretear por la luna, evocando una antigua leyenda de origen indio. Buddha en una de sus reencarnaciones fue un conejo que tenía como amigos a un mono, una zorra y una nutria. Un día les propuso que con llegada la luna llena buscarían comida para dársela a los pobres. Así, aquel día de luna llena, el mono trajo plátanos, la zorra un cervatillo, y la nutria trajo pescado. Pero el Conejo no pudo traer nada, porque lo único que sabía conseguir era hierbas y eso no lo comen los humanos. Frustrado por lo que consideraba había sido un gran error, Buddha decidió que les daría su propia carne como comida. Comunicó su decisión al Rey del Cielo que preparó una fogata y el conejo saltó alegremente dentro, pero aquello nos desprendía calor y se quejó al Rey porque no se estaba cocinando. El Rey sonrío enigmáticamente y le dijo que lo importante era querer cumplir su promesa y su decisión de ofrecer su propia carne cumplía con creces lo que se había propuesto. A continuación el Rey del Cielo dibujó un enorme conejo en la superficie de la Luna que recordaría a todas las futuras generaciones la proeza y la buena voluntad del Buddha reencarnado en conejo.

Los japoneses celebran multitud de festividades para dar la bienvenida al otoño, pero el otoño en sí ya es un espectáculo que requiere pocos aditamentos. Además si tenemos en cuenta que uno de los iconos de la cultura japonesa son los jardines en los que conjugan armoniosamente agua, piedra y árboles, estos van a dar su nota de color a cada momento, porque son seres vivos y nunca, nunca, un instante es igual a otro.

Los japoneses son muy dados a utilizar en su gastronomía los productos de la estación y el otoño ofrece muchos de ellos. Preparados de muy diferentes tipos con setas que abundan con las primeras lluvias, los frutos del árbol llamado ginkgo, la calabaza, los nabos y las castañas.

Las castañas asadas o yakiguri de Kyoto son famosas en todo Japón y no es extraño ver puestos de este fruto en el mercado de Nishiki que ofrece degustación a los visitantes. Pero quizá el preparado estacional que más nos sorprenda son las hojas de arce en tempura, que es una deliciosa manera de participar de esta estación en Japón.

El otoño también es temporada de ceremonias como la de Shichi-Go-San, que tiene su epicentro el día 15 de noviembre pero se suele prologar en toda la temporada otoñal. Consiste en llevar a los niños de tres, cinco o siete años a los santuarios para dar las gracias a los dioses sintoístas por haber crecido sanos y fuertes y a rezar y pedir a los dioses salud, protección y bienestar también para el futuro. Las niñas van engalanadas con sus coloristas kimonos, mientras que los niños lucen tradicionales chaquetas haori y pantalones hakama.

Publicado el Nov 17 2018. Archivado bajo Actualidad, Hosteleria, Lugares con duende, Lujo en tiempos de crisis. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0.

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