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Ética entre padres e hijos; el absolutismo pasa factura

 “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”. Aristóteles, “Ética a Nicómano”

Los expertos en Empresa Familiar distinguen cuatro tipos de comportamiento entre padres e hijos, según la actitud del predecesor ante la sucesión:

1. El general, controlará el emporio o la tienda de la esquina hasta su muerte. Puede que se marche temporalmente, pero regresará como el gran salvador. Llegan a despreciar a sus vástagos, relegándolos o utilizándolos de acuerdo a su visión. Los problemas afloran cuando llega la herencia envenenada. El asunto se agrava con la crisis donde las diferencias patrimoniales crecen en función de los puestos de conveniencia dictados por el régimen autoritario.

2. El monarca, también permanecerá hasta el final, no obstante desarrolla una actitud más solidaria con sus hijos. Supervisa la formación de sus príncipes y les ayuda en su difícil camino.

3. El gobernador, se marcha definitivamente de la sociedad, cediendo el testigo a sus sucesores. Suele emprender nuevas batallas con amigos empresarios, creando nuevos imperios.

4. El embajador, delega el mando y se preocupa de que las relaciones sean correctas, para ello llega a acuerdos, convenios y mantiene un diálogo permanente fomentando la participación e interviniendo sólo cuando sea necesario.

El absolutismo empresarial en tiempos de crisis

Las dictaduras en la gestión nunca son buenas, siempre terminan en guerra. Provocan pérdida de iniciativa, síndrome de “burn out” (quemados), injusticias y finales infelices. Los emprendedores que mueren con las botas puestas, no saben retirarse porque su vida es la empresa; sin embargo, una gran parte de los miembros de las nuevas generaciones no aceptan esa filosofía y buscan privilegios sin asumir una entrega absoluta. El problema surge cuando la vara de medir cambia según las circunstancias, creando intereses familiares que impiden razonamientos lógicos: “Yo soy el amo y hago lo que quiero”.

La ignorancia con el tiempo va adquiriendo confianza y desemboca en negligencia. Cuando quién mueve los hilos se  enfrenta con la cruda realidad es demasiado tarde. El absolutismo anquilosa y construye un futuro ficticio que se convierte en declive. Se crean proyectos del tipo cuento de la lechera y a la hora de la verdad se rompe el cántaro.

Los años suponen experiencia, madurez y serenidad; formalicemos esa sabiduría promoviendo una familia unida dentro de un marco más igualitario y justo. Desde el Consejo de familia se debe fomentar el diálogo. Promover nuevas ideas empresariales bajo criterios de viabilidad. Conceder préstamos a tipos de interés razonable. Encaminar a familiares en situación de desempleo, respetando todas las vocaciones. Estudiar proyectos relativos a mejoras en la gestión o nuevas inversiones. Fijar préstamos para planes de formación, ayudas a viudas, enfermos o ancianos. Establecer retribuciones a familiares según precios de mercado (diferenciando entre beneficio empresarial y sueldo). De lo contrario, los miembros de la familia que trabajan en la empresa se convierten en accionistas antes de heredar mientras el resto permanece discriminado.

En cualquier familia existen conflictos, lo importante es saber gestionarlos y llegar a acuerdos justos. En el caso de familias empresarias, los mayores deben dialogar con las jóvenes generaciones. Sin olvidar que todos los herederos tienen los mismos derechos y obligaciones. Indagar cuáles son sus intereses y las expectativas de los futuros accionistas. Mientras para unos la empresa puede representar una oportunidad de trabajo, para otros supone unos dividendos extra a su verdadera vocación. Quizás  algunos prefieran no pertenecer a la compañía ni por herencia. Todas las opiniones deben ser escuchadas y valoradas, tomando acciones al respecto. Cada uno es dueño de su vida y debería elegir su futuro con libertad.

El paro también llega a los privilegiados con papás empresarios

El gran problema es la escasez de oportunidades que nos brinda el mercado laboral. Los jóvenes aspiran a contratos en prácticas, mercantiles sin derechos sociales, por obra o servicio o precarias situaciones de becario. Con los años y según los datos del paro, son demasiados los que se convierten en desempleados crónicos, autónomo que algunos meses no sacan ni para pagar los seguros sociales o aquellos que acaban condenados a la emigración. La incertidumbre laboral convierte la empresa familiar en una oficina de colocación; es la opción más segura de ser promocionado, adaptando el puesto de trabajo a las circunstancias personales. Nacen de está forma los peligros, al incorporar la familia en la empresa, discriminando a unos en función de otros. Para ello deben aplicarse unas normas equitativas, establecidas en un protocolo. Se recomienda exigir una formación adecuada al puesto y una experiencia adquirida fuera del entorno familiar; apellidos de renombre llegan a requerir siete años de experiencia profesional. Incluso hay clanes que prohíben la incorporación de sus miembros. De está forma, se profesionaliza la empresa y sus dueños controlan la gestión a través de los órganos de Gobierno. Si no se está de acuerdo con los resultados del director general, se le rescinde el contrato. Evitando así la creación de puestos de conveniencia en función de intereses particulares.

En las grandes multinacionales si el equipo directivo no funciona se sustituye por otro. En las familiares los problemas se heredan y la aversión al cambio termina por desmoronar la organización. Renovarse o morir, ese es el dilema. Muchos expertos consideran que el futuro de estas organizaciones es desaparecer o convertirse en no familiares. Aunque indudablemente no siempre es así, también existen magníficos ejecutivos con ADN de triunfadores en las venas que proceden de la saga familiar. La solución sería contratar a los mejores profesionales, evitando favoritismos de sangre que a la larga provocan pérdidas para la empresa y problemas en la familia.

La mayor parte de los problemas surge por una incorrecta gestión de conflictos. Ante una contrariedad lo correcto es buscar soluciones constructivas, negociar y resolver, llegando a un acuerdo que beneficie a todos. Pero cuando se prefiere evitar, manipular o imponer, la raíz del problema crece. Si por añadidura se entremezclan intereses financieros, laborales y familiares, la bomba de relojería puede estallar en cualquier momento; quizás en el menos oportuno, provocando una estructura empresarial poco eficiente y fiscalmente ruinosa. La competitividad es cada día más feroz y el que no espabila es devorado por la jungla del mundo globalizado.

La imposición frente a la toma de decisiones compartida

La formalización de los consejos de administración integrando a los herederos con pequeños paquetes accionariales es un instrumento que funciona en los grandes patrimonios. Sin embargo, muchos empresarios carecen de formación societaria, su mérito ha sido fruto del esfuerzo, el oportunismo o la intuición. No creen en sus vástagos y optan por la imposición. La triste realidad les obliga a reciclarse o vender, pero permanecen anclados en una ética patriarcal en vías de extinción, con unas estructuras rígidas que provocarán la autodestrucción de su propio negocio.

La falta de tiempo y fe obstaculiza la implantación de las nuevas filosofías. El absolutismo pasa factura. El milagro de una familia empresaria unida reside en el respeto, el fomento de la comunicación y la aceptación de la fuerza de todos. Informa Alfredo Muñiz.

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Publicado el Mar 21 2013. Archivado bajo Actualidad, Asesores, Hosteleria, Noticias destacadas, Opinion. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0.

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