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El drama cubano de la virginidad

Los cubanos hablan de sexo de forma desinhibida en plena calle. Paseando por el Malecón, un chico de 15 años cuenta a sus amigos cómo dejó embarazada a su hermanastra de 14 primaveras. “Dormimos juntos y hacemos el amor todos los días”, desvela orgulloso.

En otros casos el drama es aún mayor. El escritor cubano Edyan Pereira Martínez envía un cuento para la revista VIAJAR, VIVIR y SABOREAR, inspirado en hechos reales, sobre la pérdida de la virginidad de una joven cubana, un adiós a la castidad por necesidad.

mulata cubana

Inversión errada por Edyan Pereira

La mirada más allá del suelo, sentada en un tronco de árbol viejo frente al Gran Hotel y los deseos de llorar te acechan. Los únicos veinte pesos que una amiga de tu madre pudo ofrecerles para comer esta noche, parecen haberse esfumado de tus bolsillos. Te diste por vencida luego de buscar un par de veces, porque según tú, los bolsillos son pequeños. Viniste a este sitio, bien transitado, lleno de lujos, pues te gustan los hoteles. Siempre sueñas con despertar en una suite, desayunar sobre la cama y lo más importante, que todos lo sepan: Pasaste una noche en el Gran Hotel.

Es aquí donde encaras lo amargo del día y también lo dulce. Cuando cumpliste los quince años, mientras cruzaban el único puente colgante de la ciudad, tu padre te reveló el secreto que tanto querías saber: Tu obsequio. Él tendría una solución ahora, te repites en tanto rememora su imagen de apenas un año atrás. Pero solo si crees en los espíritus podrías alimentar la esperanza de que te ayude. Lo sabes y en tu incredulidad que se reafirma al instante, nace la primera lágrima. ¿Qué será de mis hermanos? ¿Qué le diré a mamá?

Vas cuesta a lo profundo de un principio de depresión, cuando un auto se detiene frente a tu figura cabizbaja. Sin albergar la menor idea del porqué, sabes que el chofer te observa; su mirada pesa. Pero él no acciona el claxon, parece estar seguro que lo mirarás y lo haces despreocupada de que te vea llorar. Encuentras tu antítesis en su rostro; te sonríe y con un guiño lanza el convite a que subas. Te molesta que interrumpan tus sesiones de desahogo, de catarsis, en especial alguien que imaginas, insiste en una propuesta indecente.

—¿Qué pasa, linda?

—¡Déjeme tranquila!

—No llores por él, seguro que no se lo merece.

—No lloro por nadie. Váyase ya.

Ahora acelera el auto y pita. Lo miras y ves un billete de cien euros en sus manos. La imagen te retiene y percibes un saltillo en el pecho. Él descubre lo que necesitas, con esa sonrisa imborrable y entonces bajas la cabeza más cavilosa que apenada, aunque el chofer lo entiende a la inversa.

—Te puedo dar más… Acompáñame, no te vas a arrepentir de este cincuentón.

Confirmas sus intenciones, pero reparas en los beneficios. Es suficiente dinero, piensas, y olvidas que aún esperas por el hombre perfecto para tu primera vez como anhelaba tu padre. Con ese príncipe que te llevaría al altar, y luego, la noche de bodas a este mismo hotel. Era un idealista, así dice tu madre cada vez que le recuerdas algún consejo de los que solía darles, tu progenitor, como ella lo llama con desdén.

El hombre apaga el motor y baja del auto. Tú no quieres mirarle a los ojos, lo evitas para que ellos no te delaten; son muy claros en sus revelaciones y él sabría de inmediato que casi estas convencida.

—Vamos, linda. Tampoco estoy tan mal.

—Ay, por favor —hablas y el tono de voz te descubre.

Se agacha y dice a tu oído:

—Te doy cien más.

El inconsciente te alza y lo miras absorta. En tu vida has tenido doscientos euros en la cartera. Incluso comienzas a justificar los inconvenientes físicos que te detenían a aceptar y cuando él te toma de la mano, cedes un poco hasta que entras al auto.

—Tengo un apartamento bien discreto. Nadie nos verá.

No prestas mucha atención. Claro, vas en un auto, no tal vez como el de tus sueños, pero uno en definitiva que avanza por la avenida y al final del recorrido, doscientos símbolos de poder serán tuyos.

De él, que desconoces su nombre, ni te interesa, ya sabes que no miente en cuanto se adentra a un sitio apartado. Se detiene frente al último apartamento y bajas por primera vez temerosa de romper el sueño de tu padre. Él lo nota, intuye que los fragmentos de algún principio te empuja a la renuncia y decide alentarte:

—Vamos, no te vas a sentir mal. Te lo prometo.

Ya no sabes si abandonar todo o seguir adelante y te dejas llevar. Que sea lo que Dios quiera, te consuelas mientras entras a la casa.

Lo ves desvestirse y su piel te parece maltratada. Tal vez ha trabajado mucho. Ven, te pide y sueltas la blusa, en tanto él se acomoda para verte desnuda. Quedas en ropa interior, suspiras y te metes en la cama después de unas palmadas sobre el colchón con las que te convoca. Miras su calzoncillo. Él está excitado. Lo percibes además en su mirada, la respiración, pero te molesta que en este momento solo adviertas defectos en su cara con arrugas, en sus manos con manchas e incluso en el pene torcido.

Te pide que le practiques el sexo oral, pero preferirías no llevarte nada a la boca. Haces el esfuerzo. Qué no harías por evitar los reclamos de tu madre, por no ver los ojos tristes de tus hermanos que comen como animales, pero tu padre…, gracias que no crees en los espíritus.

Le cumples a ese de sesenta y tantos que prometió salvarte el día y se alimenta la autoestima cuando finge ser más joven. Lo dejas satisfecho. En un punto que tampoco recuerdas, olvidaste que eras señorita, que no te gustaba ese hombre y que nunca se filtró en tus ideas, escapar de las carencias en la forma en que lo acababas de hacer. Sientes algo de dolor entre las piernas, más lo subvaloras y das las gracias hacia tus adentros mientras te vistes. El olor de los billetes te sorprende cuando él se acerca por la espalada y los pega a tu nariz. Te vuelves sonriente. Ya has aprendido a fingir y tomas la recompensa.

Él vuelve a la cama y descubre una mancha en la sábana. Te mira orgulloso. Lo sabía, repite dos veces y asientes con tranquilidad. Ya no importa, le dices.

De vuelta, no deja de sonreír; celebra haber sido tu primer hombre. Quiere repetir. No respondes. No le has hablado en todo el camino hasta que se cuestiona: ¿Por qué?

—Aunque fue estupendo, sinceramente… ¿por qué lo hiciste si eras virgen?

—No te preocupes —reaccionas—, un día tenía que pasar.

Detienen la marcha no muy lejos del tronco de árbol derribado frente al Gran Hotel.

—¿Tan necesitada estás?

—Imagínate que gracias a él, mis hermanos y mi madre, van a comer esta noche.

Y sales del auto. Ahora eres la ofendida. Mientras te alejas miras atrás, lo ves negar con la cabeza y sonreír como si el trofeo de tu virginidad se quedara en sus manos. Solo que por instantes no es el hombre con quien te acostaste. Comienzas a confiar que crees en los espíritus, porque en ese auto al que observas mover la cabeza de un lado al otro, es a tu padre.

Ahí están las ganas de llorar acechantes y regresas al primitivo asiento, pero ya no está. Secas otra lágrima y buscas enojada los billetes. Te equivocas de bolsillo. Extraes la mano y descubres que aquel hombre tal vez tenía razón; los veinte pesos, nunca estuvieron perdidos.

Otras obras del escritor cliqueando sobre este vínculo.

En el próximo número de VIAJAR, VIVIR y SABOREAR dedicaremos un reportaje a Cuba. Portada de la revista de verano, actualmente en los mejores kioscos de toda España:

parahoreca verano 2016

Publicado el Jul 6 2016. Archivado bajo Actualidad, Hosteleria, Lujo en tiempos de crisis, Opinion. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0.

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